lunes, 7 de mayo de 2012

La ventana que se abre cuando se cierran todas las puertas

Llevo dos días dándole vueltas a la conversación que el otro día mantuve con un gran amigo y que me ha dejado tocada. Mi amigo es de profesión “emprendedor” y desde que nos conocemos siempre ha tenido un algún proyecto en la cabeza y otro que estaba poniendo en marcha, además de lo que ya estuviera gestionando. Siempre he admirado la fuerza, las ganas y la confianza con la que afrontaba cada nueva idea y cómo era capaz de emocionarse e implicarse cuando en alguna ocasión le hemos planteado alguna idea propia. Siempre ha sido capaz inclinar la balanza hacia el lado positivo a pesar de que lo negativo tuviera una importancia de peso. Durante estos años, ha pasado épocas complicadas que ha conseguido ir superando a base de mucho trabajo, de esfuerzo y de una visión de las cosas que pocos tienen. Si la situación era de las de salir corriendo, él era capaz de reinventarse y de darle la vuelta a pesar de sufrir mil decepciones y a pesar de que su estómago le recodara cada mañana que lo que hacía no era fácil. Su límite, la capacidad de endeudamiento, como tantas veces me explicaba.

Sabía que la crisis le estaba atacando como a tantas y tantas personas, pero incluso en esas circunstancias seguía luchando mientras esperaba a que las cosas mejoraran. Pero el viernes algo cambió, “No puedo más, Valva. Ya no tengo ganas de luchar”. En estos momentos, tiene tres negocios diferentes que le llevan a tener que pagar 15 nóminas cada mes, además de otros muchos gastos que incluyen a dos pequeñas que, aunque aún no ocupan mucho espacio, tienen sus propias partidas presupuestarias. “Me quiero ir de España porque ya no puedo luchar contra el sistema. Ya no es la crisis, es el sistema”, me decía. “Se trata de remar contra corriente y por mucho empeño e ilusión que pongo, me enfrento a diario a una situación que no me permite avanzar. Me ahogan los bancos, el gobierno, los propios clientes e incluso algunas de las personas que tengo en plantilla...” Me ponía mil ejemplos para explicarme la realidad que está viviendo. Se quiere ir a otro lugar donde pueda comenzar de nuevo porque aquí, las circunstancias han podido con él. No dudo que será capaz de lograrlo desde el mismo instante en el que ponga el pie en otro país, pero oírle fue como asistir a la caída de alguien a quien siempre has visto como indestructible. Lo sentí mucho, muchísimo, y pensé en todos los que ahora están como él, en los que están haciendo un esfuerzo sobrehumano en esta época tan difícil. En aquellos que solo se valen de su dedicación e ilusión para triunfar. En aquellos que no pueden dormir en un país en el que el “todo vale” ha conseguido reinar a cualquier nivel. En los que duermen, incluso con una sonrisa en los labios a sabiendas de que han destrozado el presente y el futuro de mucha gente. Qué rabia e impotencia saber que han conseguido pisotear un sinfín de proyectos e ilusiones.

A pesar de todo, la cabeza de mi amigo Rafa sigue funcionando, sigue apostando por los que se arriesgan y aunque él está cansado sigue apoyando a los que cada día son capaces de dar el paso. Hace unos días, su mujer le ofreció la ventana que se abre cuando se cierran todas las puertas y él contestó: “¡Vámonos!”. Me moriré de la pena el día que me confirmen que se van pero me alegraré por ellos. Por supuesto que lo haré.

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